Si eres Valenciano, en concreto de la propia ciudad, la Semana Santa es un periodo extraño. Venimos de la resaca y consecuencias de les Falles. Si eres estudiante significa tener un extra de vacaciones. Si trabajas, algún día te caerá libre y si eres un desempleado (como un servidor), significa que hay días que no podrás pisar Consum para reponer la nevera. Eso se presta a que a lo largo de mi vida esta semana no sea más que un periodo más de abril. No hay tradición alguna y normalmente se prestan a hacer vida diaria. Solo que este año ha sido distinto.
Estos días tocaba ponerse el chándal más marronero, revisar si quedaba tabaco suficiente y coger las gafas de sol porque había visita al Loco Club. Organizado por la promotora cultural LA EX y por PLAGA INDIE hemos podido vivir a lo largo del tres y cuatro de abril un fantástico proyecto: Agencia Tributaria. Como bien indica su nombre y el cartel. Los artistas de la escena valenciana celebran sus inspiraciones y para aderezar acompañados de las djs sets de MVP. Desde las 20:00 hasta las 3:30 ha tocado desgastar la suela de las zapatillas mientras cantábamos, bailábamos, pogeabamos, en resumen, cumplíamos las leyes que Dionisio nos ha puesto a los mortales desde su primera visita por la tierra.
¿Pero esto qué supone? Porque pasarlo increíble ha sido la prioridad desde un primer momento y creo que habiendo estado ambos días, viendo de forma constante tanto nuevas, como viejas caras es algo que todos hemos conseguido hacer, ¿pero hay más verdad? Esto no es solo una manera de matar las tardes-noches de una semana, esto es una declaración de intenciones. La música es prácticamente un sinónimo del espíritu valenciano. Somos una comunidad de artistas, allá donde vayas nos verás entre la cazalla y el desenfreno.

La Agencia Tributaria era algo inevitable. Es un cambio generacional. La escena ya no es el patio de juegos de los millennials. Ahora nos toca a nosotros, los tan repudiados zetas. Hijos de los dosmiles, víctimas en nuestra infancia de la crisis de 2008 y en nuestra entrada a la adultez del COVID-19. Quizá habla el ego, pero diría que más que cualquier otra generación necesitamos estas propuestas. Por eso celebramos con tanta fuerza, con tanta energía, vamos saltando de jams, de micros abiertos, haya donde haya algo que cantar ,o bailar estaremos. En un mundo que se nos ha vendido desde que llegamos como uno condenado, nosotros no nos rendimos frente a eso. Nosotros en versos de Depresión Sonora: Solo quiero más ruido, más ruido, Darte un beso, seguir el ritmo, Solo quiero más ruido, más ruido, Darle un beso a mis amigos.
Es tan bello esta manera de poder abrirse. Somos lo que nos ha formado desde renacuajos. Esa película que nos hizo ver el mundo de forma distinta, ese álbum que te pone los pelos de punta solo de escuchar su primera canción o ese cuadro que pasarán las décadas y continuará incrustado en tus retinas. Hablar de inspiraciones, homenajear, o hacer covers no es falta de originalidad. Es una manera de mostrar desde la admiración y las entrañas a lo que uno quiere llegar. Si puedo transmitir aunque sea un 5% de lo que estos grandes nombres pueden, ya podré morir tranquilo. En tiempos cínicos se premia la honestidad.
Es otra forma de conectar entre nosotros. Ver a Paula Margalef (y su banda) subir a cantar The Strokes y no saber qué esperar. Porque eso ha sido algo clave para estos días. Todo artistas que conocemos de sobra y aún así, ¿qué canciones habrán? Porque al final no es un tributo clásico como los que recorren La Rambleta de Los Beatles. Esto es un tiempo limitado de 3 a 4 canciones. Es otra manera de redescubrir nuestras bandas, como a los que las están interpretando.
¿Qué significa para Luna Valle subir a cantar Radiohead y no coger ninguna de las icónicas? ¿O que Irene Ricart acabe con su desgarradora interpretación de ABBA con The Winner Takes It All? ¿Significa para mí lo mismo Triángulo de Amor Bizarro que a los de Declive? ¿O a los otros treinta tíos con mullet y bigote de la sala? O bueno ya si nos ponemos, las 2 bandas que han decidido ignorar lo que ponía en el cartel y hacer su propia movida. Rebeldía como bandera.
No es que yo tenga grandes dotes analíticas para la música y menos quizá para lo que suponen unas djs sets, pero si que me gustaría destacar el trabajo que se lleva haciendo desde hace mucho tiempo por parte del proyecto de MVPs. Es normal que cuando acabe un concierto siempre haya un extra, un epílogo para acompañar la noche, pero es cierto que nunca sabes como puede ser, que puede venir e igual te apetece moverte a otro lado. Con esta propuesta es muy difícil querer despegarte del Loco Club. Porque el ambiente no es que sea el mismo per se, pero si que se abre la veda tanto hablar de las impresiones generales de lo que ha sido el concierto anterior, como de mamarrachear cuando suena “esa canción”.
La conclusión clara y obvia es que esto mola. Porque sumado a lo dicho, han sido dos días completamente distintos. Sabores como experiencias que no tienen nada que ver. Lógicamente recomiendo el haber podido venir y participar sendos días, pero si no, además de un pin gracioso, te llevas una vivencia que por más que lo haya hecho aquí, no se puede describir al completo. Esto hay que vivirlo. Lección que se puede sacar de cada concierto, o de cada cosa que hagas a día de hoy. Quítate de encima el FOMO o la necesidad que deriva en la ansiedad de tenerlo todo visto, escuchado o leído antes de entrar en los treinta. Más que ir fluyendo diría que cada día es más incierto. Por eso mismo debemos dejar de mirar el mar con dudas y zarpar en este largo viaje ya que el puerto de destino es el mañana.
No sé si se convertirá en una tradición, o será algo de una vez y ya. Solo el tiempo lo dirá, pero sí sé que continuar con propuestas así, hace la escena tan cercana como icónica. En mejores palabras: ¿Qué sería la tierra sin el arte? Solo una roca más.







