Nos encontramos en un momento crucial de esta década. La pandemia y el COVID son ahora mismo recuerdos. Lo vemos desde lejos como un epílogo al mundo que existía antes de nosotros y ahora estamos en una nueva versión de este. Una realidad que parece cada vez más extraña y a la vez más cercana, en la que hemos reconstruido las infraestructuras de antes con tal de que no mueran nuestros espacios de ocio. Hace unos años se decía que el cine moriría, pero la gente está demostrando que va y con gusto. Las salas de conciertos se llenan de personas queriendo bailar hasta que se acabe el mundo y los festivales, pese a sus abusivas tarifas, hacen sold outs incluso de sus propios sold outs.
El problema es que estos proyectos, estas maneras de ocio, parten constantemente de grandes empresas y marcas que buscan un beneficio claro. Nos ven como consumidores que debemos solucionar las pérdidas que hayan podido tener. La política del miedo es muy fácil de hacer, porque si dices que vas a quitar algo, o que ese algo puede desaparecer, la gente se abalanzará en masa para que no ocurra. Así no se sentirán culpables, porque esto es siempre culpa nuestra. No del sistema, no de las empresas. Somos los proletarios, ya sea produciendo o consumiendo, los que siempre debemos pagar los platos rotos. Por eso la existencia de Estotema es importante.

Declarados en su Instagram como “Grupo de artistas multidisciplinar, montamos cosas. Nadie entiende, todos bailan”, y localizados en el distrito de La Torre, tenemos un espacio puramente punk que aboga por un evento seguro, libre e inclusivo. He podido asistir a dos de sus ediciones y, en ambos casos, se mantienen de forma perfecta estos derechos por los que abogan. Ya sus enigmáticos carteles marcan una personalidad arrolladora e íntegra que abarca todo el proyecto. Estotema es la alternativa a las salas, a los eventos en los que te vas a dejar un pastizal entre la entrada y lo que te apetezca beber. Por ejemplo, aquí el agua es gratis. Un derecho básico y fundamental; no te ponen ni una pega porque, lógicamente, es agua, claro que va a ser gratis.
Su éxito radica también en que su precio es justo. Anteriormente eran siete euros y ahora ha subido a diez. Es verdad que es una subida de tres euros más, pero es cierto que es un espacio que hay que mantener y que, si de alguna manera podemos colaborar entre todos, mejor que mejor. Porque vale la pena luchar por Estotema. El ambiente se presta a poder tener una edición cada mes o dos meses. En mi experiencia, notas a la gente mucho más suelta. Están recogidos en un ambiente que invita mucho a hablar con los demás, compartir mechero con desconocidos o brindar con los mismos antes de ver al grupo que está a punto de tocar.

Mis más sinceras disculpas al callejón de artistas que había al lado del escenario, porque no pude prestarles la atención que merecían. Cabe decir a su favor y al de Estotema que me encanta la iniciativa de habilitar un rincón para que la gente pueda vender sus cosas y darse a conocer. Entre artistas debemos apoyarnos y crear comunidad. Esto seguramente haya abierto puertas a nuevos contactos que se pueden hacer. En una industria que depende tanto de tu imagen como de conocer gente, que puedan tener su espacio solo es síntoma de que estamos remando en la misma dirección.
Fue una noche de cuatro artistas, una agrupación más que variopinta:

Gigante Verde: Declarados por ellos mismos como antifolk, este dúo abrió la noche. Primero dando contexto sobre las novedades de Estotema y, segundo, interpretando un más que sorprendente repertorio de canciones propias. El atractivo de este grupo es la narrativa que construyen alrededor de su propio nombre. Resulta enigmático este Gigante Verde que deambula por sus canciones. Puede recordar a Eddie the Head de Iron Maiden, pero creo que esto no es tanto una mascota como una forma y estilo de vida. Un ser que planta sus semillas y las deja crecer, creando serafines que deambulan por nuestra tierra. Quizás Estotema es otra raíz más dentro de la inmensidad de esta deidad cromática.

Luna Valle: Decir que, gracias al concierto de este pasado sábado, me pude quitar la espinita que tenía clavada de poder verla en directo con su proyecto original. Ya la había podido ver haciendo covers de Radiohead y fue maravilloso, pero eso no quita que no es lo mismo. Tener que presentar a Luna Valle resulta un poco extraño siendo una de las claras caras actuales de lo que está siendo la escene de Valencia. Al subir al escenario con su productora, Joje, comentó que le parecía extraño que su sonido estuviera en Estotema, ya que no parece algo que encaje con la tónica del espacio. Entendiendo lo que quería decir, pero queriendo también llevarle la contraria, creo que eso es por lo que hay que luchar: que Estotema debería ser un espacio paraguas para todo tipo de artistas.
Cazador, te engañé es un álbum espectacular que muestra las entrañas de Luna Valle. Cómo la complejidad del ser humano nos hace poder convertirnos en eso mismo que hemos despreciado, o mismamente caer en dinámicas que nos parecían ajenas a nuestra propia realidad. Fue una velada muy especial. Era la primera vez que artista y productora tocaban juntas, sonando el disco como ha sido concebido, pero a la vez de una manera distinta. La muestra de que el proceso creativo no acaba ni con el lanzamiento del álbum ni con una gira. Es algo que acompaña hasta que el artista no tenga nada más que decir e, incluso ahí, siguen estando los ramalazos de dicho proceso.

Haru y su Padre: Si de algo tiene la culpa la música, es de la capacidad también de unirnos a nuestros seres queridos. Esa noche teníamos un dúo muy especial con la participación de Haruel, un artista al que podemos ver hacer prácticamente de todo: es batería, es fotógrafo, parte del staff de Estotema… Esta noche era una celebración tanto de todo lo que es capaz de hacer, como del talento familiar heredado de su padre. Una noche en la que convergen dos artistas de distintas generaciones en una conversación musical dominada por el afecto. Unos instrumentos que, bajo sus sinfonías, nos transportaban a lo que había sido la crianza de Haruel y la experiencia de su progenitor con la misma. Finalizando con un DJ set que unía el sonido de Turquía y de Valencia en un tecno violento que atrapó a la sala en un baile inolvidable.

Tampó d’Aspart: Porno punk feminista es como se definen y, después de verlas, hacen honor a su título. Una performance agresiva, llena de pura violencia y reivindicación en sus canciones. Donde gritar y berrear están a la orden del día como protesta al patriarcado y a la propia existencia. Me gustó mucho la manera que tenían de transmitir su energía, invitaba mucho al caos que podemos encontrar en sus canciones; véase cómo su batería, más que tocando, estaba estrellándose contra el instrumento. Mola ver a una banda que quiere darse a conocer de una manera tan arrolladora, ya que quizá solo tenga un EP de cuatro canciones, pero el punk no ha muerto y este grupo de chicas lo quiere dejar claro.
Con cervezas a dos euros, pudiendo fumar dentro y baños limpios como una catedral, ¿cómo no van a ser mis conclusiones positivas? Vicios aparte, es magnífico poder ver cómo gran parte de la gente joven estamos en sintonía. Montando eventos, actividades, espacios, tocando, escribiendo, fotografiando… No nos vale con desear que algún día se sacien nuestras inquietudes artísticas, lo estamos haciendo ya. Esto promete un futuro mejor, pero también la victoria de que nuestro presente es uno donde nos lo estamos pasando bien y, a la vez, haciendo que valga la pena. ¡Hasta el siguiente Estotema!







