Hay un tipo de hombre que, en teoría, no hace nada malo. No te levanta la voz, no insulta, ni amenaza, ni se pasa de la raya. Es amable, detallista, se acuerda de que estabas intentando leer más o de que has perdido una pulsera que te encantaba. Vamos, que lleva años siendo tu amigo. El problema es que todo ese tiempo ha estado construyendo en su cabeza una versión de ti que no tiene mucho que ver contigo.
Obsesión, el debut cinematográfico de Curry Barker, lleva semanas convirtiéndose en uno de los fenómenos inesperados del terror estadounidense con menos de un millón de dólares de presupuesto. Ayer, gracias al ciclo de Terroríficamente Lys (Cines Lys, València), pudimos verlo más de una semana antes de su estreno en salas españolas, el próximo 26 de junio.
La premisa es sencillita: Bear (Michael Johnston) es el típico chico introvertido que no encuentra el valor para decirle a su amiga de la infancia y compañera de trabajo Nikki (Inde Navarrette) lo que siente por ella. Y en lugar de hablar con Nikki (que es una opción disponible, gratuita, sin consecuencias sobrenaturales y que ella le pone bastante fácil), compra un cachivache mágico llamado One Wish Willow, y pide un deseo: Que ella le ame más que a nadie en el mundo.
Sale mal.

Hasta aquí, nos imaginamos por donde va a ir la historia. El propio Barker ha dicho que la principal inspiración para la película viene el episodio de la pata de mono de Los Simpson, y la crítica especializada ha puesto la luz a otros referentes: Desde un episodio de La dimensión desconocida con una premisa casi idéntica, hasta los ecos del Pulse de Kiyoshi Kurosawa. Lo que hace diferente a Obsesión no es de dónde viene, sino hacia dónde decide llevar todo eso.
Porque Bear es un villano, pero también es simpático, un poquito torpe, y parece buena gente. La película lo sabe desde el principio, pero también sabe que el tipo de hombre que representa rara vez se presenta a sí mismo como el malo.
En lugar de darte el clásico momento de revelación, va dejando pequeñas grietas a plena vista, sin poner demasiado la atención sobre ellas. Así, cuando finalmente resulta imposible ignorar quién es realmente este tío, echas la vista atrás y te das cuenta de que él siempre había sido así. Que, curiosamente, es como funciona en la vida real.
Al comentar la peli se habla mucho del “enfrentamiento entre dos monstruos”, y de cómo Nikki acaba transformándose en algo aterrador. Pero creo que la Nikki que crea el deseo no es una criatura nacida del hechizo, no es una changeling ni una posesión demoníaca. Es la Nikki que Bear quería que fuera. Una proyección materializada de su deseo. El reflejo de una chica que le adora incondicionalmente, una cáscara vacía construida alrededor de lo que él necesita de ella, que ni siquiera recuerda que se lleva mal con su padre… Porque él tampoco lo recuerda.
Bear nunca quiso a Nikki, quería su idea de Nikki. Lo diabólico de la película es que el One Wish Willow le concede exactamente eso.

Luego están esos momentos en los que la verdadera Nikki consigue asomar entre las grietas del hechizo. Son breves, pero más que suficientes para recordarte que debajo de toda esa devoción sigue existiendo una persona atrapada dentro de algo que no ha podido elegir.
Inde Navarrette sostiene toda la película sobre sus hombros: Se las apaña para ser simultáneamente la víctima y la amenaza sin que ninguna anule a la otra, y lo hace con el cuerpo tanto como con la voz. Hay momentos en que lo que transmite con microexpresiones en apenas unos segundos te rompe por dentro, a la vez que sabe como jugar con lo que le pide el guión para equilibrar el humor, la tragedia y el terror más puro. Es una estrella y Obsesión no funcionaría sin ella, así de simple.
Michael Johnston también hace un trabajo estupendo, sobre todo porque su misión consiste en que no le cojas manía demasiado pronto, que con el personaje que tiene entre manos es mucho más difícil de lo que parece.

Por su parte, Curry Barker viene de YouTube y se nota, pero para bien. Hay una energía y una libertad tonal que los estudios más puretas rara vez se permiten. Obsesión mezcla el terror con momentos de comedia bastante absurda, que en otras pelis chirriarían pero aquí funcionan. Cuando te ríes en Obsesión no es porque de repente sea una rom-com, te ríes porque no sabes qué otra cosa hacer. Bueno, y porque hay chistes genuinamente graciosísimos.
La dirección tiene momentos tremendos (el uso del fuera de campo y de los espacios negativos de la iluminación, los silencios, el tempo de las tomas sostenidas…) y la cinematografía de Taylor Clemons aprovecha cada céntimo de su ajustadísimo presupuesto. Claro que hay decisiones de guión que se ven venir y algún personaje que existe solo para empujar la trama, pero creo que de alguna manera la imperfección le sienta bien.
Y ya que hablamos de presupuesto: tampoco podemos poner Obsesión por las nubes sin mencionar cierto tema que está dando vueltas sobre su producción. Sally Choi, directora de arte de la película, publicó que cobró un total de 6.741 dólares (después de impuestos) por su trabajo, un rate bastante por debajo de lo que se esperaría de un trabajo como el suyo. La película lleva casi 300 millones recaudados, de momento.
No es que Curry Barker sea un villano: ni era productor, ni controlaba los sueldos. De hecho, él mismo llegó hasta donde está haciendo una película con apenas 800 dólares que ninguna distribuidora quiso y acabó publicando gratis en YouTube.

El problema es mucho más grande que una sola persona. Es un sistema que aprovecha que hay un montón de gente con muchísimas ganas, mucho talento y poco trabajo, y que convierte la precariedad en condición de acceso a la industria.
Y esto no es solo cosa de Hollywood. En España llevamos años viendo cómo determinadas formaciones siguen estando fuera del alcance de mucha gente, cómo las alternativas públicas son insuficientes, y cómo el talento que no puede permitirse formarse o vivir sin trabajar simplemente desaparece del mapa antes de empezar. No sabemos cuántas Curry Barker se han quedado por el camino en Alabama o en Albacete, porque no tenían ni 800 euros, ni una cámara, ni tiempo libre después de 8 horas de trabajo.
Ahora bien, esa es una conversación paralela. Importante, sí, pero distinta de la que plantea la propia película.

Al final, Obsesión funciona tan bien no por un guión espectacular ni por unos jump-scares híper calculados, sino porque entiende algo profundamente humano y súper inquietante: es una película sobre la diferencia entre querer a alguien y querer la idea que hemos construido de esa persona.
¿Qué ocurre cuando tratas el deseo como un derecho, cuando la otra persona deja de ser una persona y se convierte en la solución a un problema?
Curry Barker le pasa un chapa y pintura de sangre y magia negra, pero el núcleo es tan cotidiano que da muchísimo más miedo que un monstruo al uso. Porque todas hemos conocido a un Bear.






