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Caparazón – Sanspok: Think Tank Vol. II

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Las actividades culturales no cesan en Valencia. Si de algo está sirviendo este mes, es para demostrar que, mires a donde mires, hay algo a lo que ir. Festikarrots, Noche de los Museos, Dinammo Sessions… Ahí está la iniciativa que ocupa el mes de mayo: Caparazón. Localizado en Catástrofe (c/ Carniceros, 18). El espacio capitaneado por Luna Valle. “31 díes, 31 projeccions” es un espacio donde podemos encontrar conciertos, talleres, cortometrajes y todo en lo que un proyector pueda estar presente.

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Definía Marina Reig, mientras hacía de maestra de ceremonias para Sanspok, que esto era un espacio multicultural para poder crear un sentimiento de comunidad. Tanto para quien supiera qué tocaba en el calendario de esa semana, como para quien viera esta propuesta desde la calle y fuese la curiosidad quien le atrajese a Catástrofe. Por algo esos tres euros de entrada suponen un coste simbólico. También el hecho de que, aunque esto esté organizado para ocupar todos los días que componen mayo, no todo lo dictase el FOMO al que nos someten las redes sociales. El maravilloso cartel de Irene Bru no es una lista de obligaciones; es una muestra de que Valencia es una ciudad incapaz de parar su creatividad.

Esta es una propuesta fantástica que no puedo parar de recomendar a quien necesite un plan que se salga de lo cotidiano, o que necesite escapar del doom scrolling infinito. De momento solo he podido estar un día de los treinta y uno que ocupa Caparazón, pero ya con esas horas como toma de contacto he podido apreciar el espacio de confort que supone esa sala. En su pequeño espacio es donde radica su éxito, ya que se presta a mirar a todo el que tengas a tu alrededor, a poder conectar hablando: ¿Por qué has venido? ¿Qué opinas de la actividad? ¿Tienes un cigarro? ¿Qué se hace después? Unificar espectadores y artistas. Escuchar la voz de los demás y demostrar que importa. Que si todo el mundo de base tiene algo que decir, se anime a hacerlo, a perder la vergüenza.

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Aquí entra la actividad a la que acudí yo. El 16 de mayo era el turno de Sanspok, artista a la que ya he tenido el gusto de ver en concierto más de una vez. Ese día, Sophia nos puso la película El Planeta Libre acompañada de un análisis en PowerPoint, un coloquio, el directo de alguna canción de su nuevo álbum y un trabajo sobre cómo extrapolar nuestras conclusiones sobre la cinta al mundo real.

El Planeta Libre es una película interesante de analizar. Una propuesta que se acerca mucho al tipo de cine que verías en clase de primaria o secundaria, cuando los profesores, cansados de las clases habituales, querían cambiar las dinámicas para intentar crear una voz propia en sus alumnos. La Ola, El Bola, Cadena de Favores, Cobardes… en su gran mayoría las conocemos de sobra. Que tengan un gran valor artístico o no, no es su fuerte, porque transmiten otras ideas.

En este caso, El Planeta Libre muestra la situación de un planeta más pequeño que el nuestro que ya ha llegado al cenit de la evolución, y se compara constantemente con el estado de la Tierra en los años 90, en concreto con la sociedad parisina. En su gran mayoría es una comedia eurocentrista que utiliza el humor para señalar nuestra dependencia a las tecnologías, la falta de empatía general o todos los problemas base de la sociedad capitalista. Solo que sin llegar a mencionar la raíz del problema o dar soluciones claras.

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Y no «pasa nada», porque de base no es deber de la película hacerlo, más aún con su estructura más cercana al cuento o la fábula que incita a un simplismo claro para llegar a cierto tipo de moraleja. Lo que sí resalta es un defecto evidente cuando se intenta hacer sátira por hacer, sin dejar claro de dónde vienen estos problemas reales. Es muy fácil rajar de la Revolución Industrial, las religiones o la política como si fueran entidades talladas en piedra, en vez de racionalizar de dónde parten nuestros defectos sistemáticos.

Si algo tiene El Planeta Libre, es que no te va a dejar indiferente. Diría que es el motivo evidente por el que Sophia ha escogido esta película para poder hablar de su manifiesto. Porque sí, Sanspok no son solo obras musicales nacidas en Castellón. Este proyecto artístico es una llamada a la revolución. Una contracorriente contra el capitalismo que lucha tanto por su propia expresión artística como por la mía y la tuya.

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Al acabar la película, todos teníamos una opinión más o menos formada. Una disparidad que en ningún momento fue rechazada por la presentadora de este Think Tank (por más que le encantase la película); al revés, la recibió con los brazos abiertos para poder cocinar ese nuevo futuro que tanto deseamos. Diría que este es uno de los mayores atractivos del proyecto transmedia que supone Sanspok: Sophia no cree tener una razón objetiva y perfecta. Su manifiesto no es un libro que se convierte en una nueva religión. Alicia en el País del Capital dice desde su primera página: “Este manifiesto tiene como fin único fomentar la reflexión y el debate”.

Porque el mundo no se va a cambiar a base de un pensamiento concreto. Para poder tomar cartas sobre el asunto, para crear una revolución real, hay que matar el individualismo. La comunidad como funcionamiento del ser humano, el no abandonar nuestra propia voz, pero poder escuchar al que tenemos al lado. La empatía en tiempos cínicos es una de nuestras mayores armas.

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“Arriba las Flores, abajo el Capital” no es solo un eslogan chulo. Hay sinceridad, y eso es lo que recorre cada trabajo que hace Sanspok: desde álbumes y cómics hasta conciertos y manifiestos. Quizás el mayor problema de este tipo de discursos es que puedan caer en ideologías hippies, o que no supongan nada más que un intento de nueva tribu urbana que no lleve a nada. Por suerte esto no pasa aquí, porque los pensamientos de Sanspok son férreos. Sabe lo que dice y por qué lo dice. Señala al enemigo claro y las adversidades a las que nos enfrentamos día a día la clase proletaria.

Con El Planeta Libre no íbamos a desgranar la película, sino a ver qué deberíamos o no extrapolar de su utopía de un mundo pequeño y feliz al nuestro para construir un mundo mejor. Desde que Mark Fisher puso en boca de todos aquello de “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el del capitalismo”, no dejamos de darle la razón. Los mundos post apocalípticos están a la orden del día en la ficción, mires a donde mires, y es normal; pero no puede ser que para construir un cambio real primero tengamos que llegar a una tierra quemada.

Este ejercicio para terminar la tarde nos propuso ocho preguntas en una pancarta, que debíamos contestar en un post-it . Un espacio diminuto que no se presta a mucho, pero lo suficiente para sintetizar lo que sentimos. Sanspok alentaba a que todo el mundo aportase. Si no podías contestar a las ocho preguntas no había problema, pero al menos algo tenías que decir. Me encanta cómo Sophia sabía manejar la situación para crear un espacio cómodo donde incluso el más tímido pudiese hablar. Porque al final va de eso: si queremos aprender del pasado y si queremos un futuro mejor, tenemos que tener también un presente predispuesto al cambio. Eso supone que cuando se habla de poder crear comunidad, pues claramente se cree una comunidad donde se quiera participar; y quien no pueda o no quiera, intente trabajar sobre sí mismo para ver de dónde parte ese rechazo. Para mejorar el mundo, primero tienes que entenderte a ti mismo.

Si Sanspok es muestra de algo, es de que en pleno 2026, quien intente seguir con el argumento de que música y política son mundos separados vive con la cabeza demasiado metida en el culo. Solo mirad lo que pasó en San Isidro la semana pasada. La Dimensión Esencial de Sophia es un trabajo a tener en cuenta, porque más que nunca necesitamos artistas así: sin miedo a posicionarse, sin miedo también a equivocarse y dispuestos a mejorar el mundo, no sus intereses individuales. Un movimiento artístico que es, en sí mismo, una llamada a la acción real.

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