“Si descubrieras que no estamos solos, si alguien te lo demostrara… ¿Te daría miedo?”
Esa es la pregunta que lanza El día de la revelación (Disclosure Day), lo nuevo de Spielberg. Y la respuesta, como casi todo en esta vida, depende mucho menos de los extraterrestres que de nosotros.
La película sigue dos historias paralelas. Por un lado está Daniel Kellner (Josh O’Connor), un experto en ciberseguridad que decide sacar a la luz pruebas de contacto extraterrestre. Por otro, Margaret Fairchild (Emily Blunt), una meteoróloga de Kansas cuya vida empieza a llenarse de fenómenos imposibles de explicar. Sobre el papel parece un thriller de conspiraciones con aliens y a ver, lo es. Pero no es lo único de lo que va la cosa.
De hecho, una de las cosas más interesantes que hacen aquí es jugar un poco con quién protagoniza realmente la historia.
Daniel Kellner está construido como el clásico protagonista de manual. Es el hombre que descubre la verdad, tiene la información y pone la trama en marcha junto a Hugo Wakefield (Colman Domingo), su hombre en la silla… O más bien paseando por una habitación. El tipo de personaje que Hollywood lleva décadas entrenándonos para seguir. Pero poco a poco la El día de la revelación revela que su función real es abrir la puerta al viaje de Margaret.
¿Os habéis fijado en cantidad de películas que han hecho exactamente lo contrario durante décadas? Mujeres súper inteligentes, complejas e interesantes cuya única función era ayudar a un hombre a completar su arco.
Pues aquí la dinámica se invierte y creo que funciona precisamente porque no es un truco narrativo. Es una extensión natural de la tesis que sostiene toda la película: que la empatía es nuestra mayor ventaja evolutiva. No solo como frase bonita (que se dice literalmente, para que lo pille hasta el señor que vaya a ver esta peli en streaming con el móvil en la mano), sino como motor de toda la trama.
Es la actitud de los personajes, ese ir soltando capas de cinismo y desconfianza poco a poco, lo que te va dejando la idea de que quizá, el amor sí puede salvarnos de la extinción a nuestras propias manos. El problema es si todavía somos capaces de confiar los unos en los otros.

De hecho, toda la premisa me recordó muchísimo a Ultimátum a la Tierra (1951): otra vez tenemos a una “inteligencia superior” que llega con un mensaje para la humanidad, y otra vez la pregunta es si somos capaces de cambiar antes de que sea demasiado tarde. La diferencia es que donde aquella utilizaba la amenaza, Spielberg apuesta por algo mucho más vulnerable y directo al corazón: No viene a asustarnos, viene a pedirnos que bajemos la guardia.
Y aquí es donde también me viene Prometheus (2012) a la cabeza. Esa película, escrita por Jon Spaihts y Damon Lindelof (que tienen, como poco, una relación intensita con el tema de la fe) iba mucho de hasta qué punto la ciencia y la creencia pueden convivir, y de si tener fe ciega te recompensa o te condena. La crítica se cebó bastante con que las mentes más brillantes de la Tierra jamás tomarían ciertos riesgos… Pero precisamente de eso iba la cosa: su confianza absoluta en la capacidad humana. Su ego no estaba en ignorar el peligro, sino en asumir que podían comprenderlo.
Pues bueno: creo que El día de la revelación plantea una tesis que rima, pero al revés. Aquí el ego y la soberbia están en subestimar a la propia humanidad. En pensar que no somos capaces de cuidar, de creer y de querer sin que nos explote en la cara. La arrogancia no consiste en creernos demasiado importantes, si no en pensar que somos incapaces de ser mejores.
Por suerte, El día de la revelación tiene un reparto capaz de vender una idea así sin que parezca un anuncio de Mr. Wonderful de 2 horas y 25 minutos.

Josh O’Connor está fantástico, como de costumbre, y en esta casa le queremos en todas sus formas. Tiene una cualidad muy poco común: es capaz de transmitir inteligencia y fragilidad al mismo tiempo sin convertir ninguna de las dos cosas en un cliché.
Colman Domingo y Colin Firth están estelares en sus papeles antagónicos, interpretando las dos miradas con las que podemos enfrentarnos a un problema: El amor y el miedo, la esperanza y el cinismo. Qué más puedo decir de mis padres.
También hay una actriz secundaria que merece una mención especial: Courtney Grace. Introducir un personaje así apenas minutos antes del final es raro, pero funciona porque ella está sintiendo todo al mismo tiempo que nosotros. Spielberg y Koepp la utilizan casi como una extensión del espectador, y Grace está tan afinada que termina sosteniendo algunos de los momentos más emocionantes de toda la película. Tiene muy poco tiempo en pantalla, pero sales del cine acordándote de ella.
Y luego está Emily Blunt.
Porque sí, estoy completamente de acuerdo con quienes dicen que esta puede ser una de las mejores interpretaciones de su carrera. Tiene una vulnerabilidad extraordinaria en todas sus apariciones, especialmente cuando el guión le exige sostener algunas de sus ideas más grandes sin caer en el ridículo, y lo consigue todo el rato.
Pero hay algo casi irónico en que sea precisamente esta peli, tan centrada en la conexión humana y en bajar la guardia, la que me haya hecho pensar en la presión estética que sigue cayendo sobre las actrices, sobre todo a partir de cierta edad. La industria les pide caras cada vez más «perfectas» y estas se distorsionan en busca de ese ideal, mientras al mismo tiempo nos pide a nosotros, como espectadores, que dejemos que nos transmitan algo que simplemente no pueden ejecutar. Es una contradicción rara, y no tengo ninguna respuesta para ella que no sea “a tomar por saco”.
Puede que sea solo cosa mía, pero ahí queda, como una de esas ideas que te llevas del cine sin que tengan mucho que ver con la propia película.
Por suerte, El día de la revelación tiene muchas más cosas en la cabeza.

Parte de la crítica (y mis amigos) señalan la peli como que es “demasiado”, un poco desbocada y hasta cursi. Y mira, lo entiendo, indudablemente tiene sus cositas. Pero a mí me funcionó… Y lloré.
Nos están diciendo que hay que volver a conectar con esa parte blandita nuestra, dejar de mirarlo todo con desconfianza por defecto. Si la peli te está pidiendo durante dos horas y media que bajes la guardia, que dejes de ser cínico, sería bastante raro que el clímax emocional terminara escondiéndose detrás de la ironía para no parecer intenso. Y hay algo que está muy guay: La peli te ruega que bajes tus defensas, y luego tenga la decencia de hacer lo mismo.
En cuanto a la forma: Esta peli es puro Spielberg sin cortar, actualizando un poquito el lenguaje visual para las nuevas tendencias, pero sin perder su core. Los contraluces de Kamiński, la música de Williams, la fascinación por la infancia y sus códigos… Hay incluso un par de usos del piano que me hizo pensar inmediatamente en Los Fabelman, aunque puede que simplemente haya visto Los Fabelman demasiadas veces.
Todas las teclas de siempre, que al menos a mí me llevan de inmediato a esos 90 tardíos-2000 prontos, a ir al videoclub con mis padres a pillar una de Spielberg y enamorarme del cine.

¿Es Disclosure Day la mejor película de Steven Spielberg? Ni de coña, y tampoco creo que lo pretenda.
Pero sí es una película que llega en un momento en que el cinismo se ha convertido casi en una postura por defecto y confiar en los demás parece más arriesgado que creer en visitantes de otro planeta.
Y a lo mejor por eso, al salir del cine, no piensas tanto en los aliens. Piensas en la posibilidad, por pequeña que sea, de que Spielberg tenga razón… Y en lo agotador que resulta vivir esperando siempre lo peor de los demás.






