La plaga no da miedo porque haya monstruos. Da miedo porque has conocido a esos niños, o peor: porque has sido uno de ellos.
El debut de Charlie Polinger, que pudimos ver unos días antes gracias al preestreno de nuestros amigos de Terroríficamente Lys, es una experiencia tremendamente incómoda sobre el bullying masculino, la violencia psicológica y ese ecosistema preadolescente con olor a AXE Chocolate donde cualquier rasgo de diferencia puede convertirse en una sentencia social.
Aunque no puedo decir que me haya gustado especialmente, sí creo que es muy guay que exista una película así. Lo cual es una frase peligrosísima, porque normalmente significa «te vas a aburrir un montón», pero aquí quiere decir más bien que igual no quieres volver a verla nunca, y aun así vas a acordarte de algunas escenas durante años.
También significa: p*tos críos.

De verdad. Hay algo terrorífico en la lógica social de los chavales de trece años: todavía no tienen herramientas emocionales, pero ya entienden perfectamente cómo humillar a alguien. Desde las dinámicas absurdas y bromas internas que escalan hasta convertirse en crueldad organizada, hasta las jerarquías invisibles que se montan en un campamento de verano. Los diálogos de La plaga están escritos de forma tan fiel a como hablan los chavales angloparlantes que da un poco de cosa, como si alguien hubiese dejado una grabadora escondida durante tres semanas en un vestuario.
Y ahí está la fuerza de la película: el terror no viene de lo sobrenatural. Viene del aislamiento, de la paranoia y de la masculinidad tóxica alimentada por la manosfera y sus colegas patriarcales. Nadie puede mostrar debilidad. Nadie puede ser «raro». Y las mentiras que los demás dicen sobre ti terminan convirtiéndose en algo tangible si empiezas a creerlas, que es probablemente la idea más heavy de toda la película.
También hay un detalle pequeño pero bastante guay en el prota, que encaja muy bien con esa idea de que cualquier gesto de empatía en este entorno tiene consecuencias. Ojo, spoilers si no has visto el trailer: El chico vegetariano que reflexiona sobre el sufrimiento animal es el único que se acerca al chico señalado, el supuesto origen de “la plaga”. Es alguien más sensible, un poco fuera de las dinámicas del grupo, con una ética propia que no termina de encajar ahí dentro. La película deja bastante claro, sin ser insistente ni explicar en voz alta lo que piensan los personajes, que salirse mínimamente de la lógica colectiva (aunque sea desde la compasión) te coloca automáticamente en «el otro lado». Y ese gesto de humanidad no se celebra, se paga.
La ambigüedad sobre si «la plaga» es real o psicosomática parece que no termina de resolverse, y entiendo perfectamente que haya gente que vea eso como un cabo suelto. Pero creo que Polinger no quiere responder a esa pregunta porque la película funciona precisamente alrededor de la sugestión. La infancia está llena de eso: rumores convertidos en identidad, que te convencen de que hay algo inherentemente malo dentro de ti… Y da un poco de vértigo pensar que la película está retratando el momento exacto en que alguien interioriza el papel que los demás le han asignado. ¿Cómo demuestras que algo no es real si todo un grupo ha decidido que lo es?

Visualmente, hay bastante más ambición de la que esperaba. Se nota la influencia de David Fincher, especialmente en el control atmosférico y en la oscuridad (aunque en esta casa celebramos que las noches vuelvan a ser azules, no a ciegas). A veces roza un poco el “wannabe”, pero honestamente prefiero eso a una ópera prima visualmente plana que siga la dictadura de la fotografía Netflix.
La sensación constante de vigilancia ayudan a construir un realismo visceral súper efectivo, y las actuaciones redondean muchísimo el conjunto. Everett Blunck está especialmente bien como Ben, pero Kayo Martin tiene un arco absolutamente aterrador: pasa de ser el crío ridículo que se ríe de la palabra pene a ser ese chaval por el que cambiarías de rumbo solo para no cruzártelo. Y Kenny Rasmussen está simplemente espectacular en su papel de chaval raro que te pone de los nervios y te da lástima a partes iguales. Aunque la verdad es que todos los chavales funcionan con una naturalidad brutal, especialmente Caden Burris como el niño más fantasma e insoportable que vas a conocer en tu vida.
También es súper interesante el papel de Joel Edgerton como único adulto de la película. Su presencia funciona casi como un glitch dentro de este ecosistema de chavales: está ahí, pero no termina de ver ni entender del todo lo que está pasando. No es el adulto que salva la situación ni el que la empeora de forma espectacular, es el adulto que simplemente no llega (y si no llegas, no llegas). Edgerton juega muy bien esa linea, como si estuviera intentando entender un idioma que ya llega tarde a aprender. Y eso refuerza la idea de que aquí nadie tiene realmente el control, ni siquiera los que se supone que deberían tenerlo.

Dicho esto, la película pierde bastante fuerza a partir de la primera hora. Para durar apenas 95 minutos, se hace un poco larga, y llega un punto en el que empieza a repetir ciertos patrones. Hay ratitos donde las referencias cinematográficas como La chaqueta metálica o Adolescencia dejan de sentirse homenaje y empiezan a sentirse chaval de Film Twitter señalando a la pantalla. Creo que hay que tener muchísimo control para meter una “Kubrick stare” sin que parezca un estudiante de cine descubriendo los planos simétricos por primera vez, y aquí funciona solo a ratos.
Y luego está el tema de cómo se vive la película dependiendo de quién la vea. Porque sinceramente, creo que La plaga resonará muchísimo más con hombres que hayan vivido ciertos entornos de bullying masculino. Como mujer, esto me toca un poco de lejos y probablemente por eso he terminado respetando mucho más la película de lo que realmente la he disfrutado.
Total, que aunque con matices, la recomiendo. Especialmente si te interesa el terror que entiende que lo más inquietante del mundo siempre ha sido la gente. Aunque también creo que es de esas películas de un solo visionado, no por mala, sino porque pasar 95 minutos atrapada en la psique de unos preadolescentes emocionalmente destruidos tampoco es exactamente mi idea de comfort movie.






