Una sala llena para una película de 1986. Bueno, una no, tres. ¿Va de nostalgia, o es otra cosa?
Debe parecer increíble para esas personas que aseguran que “el cine ha muerto” porque no todas las películas amasan la barbaridad de dinero que generan unos blockbusters disfrutones con una historia de veintipico pelis detrás… Pero ha pasado, y ha pasado en Valencia.
Los cines Lys han llenado varias salas, casi a la misma hora, para ver Dentro del laberinto de Jim Henson, padre de los Muppets. Esta peli, con estatus de culto para muchos Gen X pero algo desconocida para las generaciones posteriores, parece que todavía tiene tirón entre gente de todas las edades (sí, vi a varios niños disfrazados de Jareth)
Cuando le conté a mi padre que iba a verla en cines, su respuesta inmediata fue recordarme con cariño que él mismo me enseñó esa película por primera vez, en el viejo televisor con VHS integrado que teníamos en casa de los abuelos en Pedralvilla. Ah, y que de joven se cortó el pelo como Bowie en esa película (pero con el tinte negro, claro).
Han pasado más de treinta años desde eso, pero la cosa no se queda en mi casa: estas películas siguen llenando salas. Hace dos años, en el propio Lys, hubo llenazo absoluto en un pase de El resplandor, y en 2025 prácticamente llenaron todos los pases del ciclo de Stanley Kubrick que se planificó hacia final de año.
En otras salas como los cines ABC Park disfrutamos de los reestrenos de obras patrias como Tesis y cositas un poco más nicho como Fuego camina conmigo de David Lynch, en Kinépolis pudimos ver el reestreno de títulos como Blade Runner o El exorcista, y Yelmo por ejemplo reestrenó Tiburón.
Que se llene La Filmo cuando echan Las uvas de la ira es una cosa, y ciclos de reestreno se llevan haciendo toda la vida, pero… ¿por qué películas que no son estrictamente del canon, y que ya tienen sus años, están llenando salas en 2026?

Bueno, podría empezar diciendo que lo “antiguo” es una construcción cultural. En mi propio circulo tengo a una amiga que considera vieja cualquier cosa producida antes de 2008 (AdC, que obviamente se refiere a Antes de Crepúsculo), mientras otra habla del cine moderno refiriéndose a la década de los 50. Al final, el canon es una cosa muy maleable y que cada uno lo puede interpretar como le dé la gana.
Pero si que es verdad que 2026 ya ha sido bautizado como el año de la “vuelta a lo analógico”. Ahora lo moderno es coleccionar vinilos, salir de fiesta con cámaras con flash, escuchar música en auriculares de cable y llevar un diario escrito de tus películas en lugar de usar Letterboxd… Aunque a mí no me pillarán en esa: Letterboxd, si me estáis leyendo, estoy abierta a patrocinios. Podéis pedirle mi email al admin de la página.
En 2025 hemos visto un alzamiento del maquillaje clean girl y la trad wife en Tiktok, de la “vida lenta” en Instagram y hasta Rosalía ha conectado con la vieja guardia de las imágenes católicas. Parece que todo empuja un poco hacia atrás… Y nosotros volvemos a las salas a ver películas de hace 40 años, o más.
Pero quizá la pregunta no es tanto qué películas estamos volviendo a ver, sino por qué en el cine. Porque igual no es una cuestión de títulos, sino del público y de las salas que han sabido crear una comunidad alrededor de ir al cine.

Stellan Skarsgård recogió hace unos días un Globo de oro por su interpretación en Valor Sentimental, y aprovechó su discurso para defender la experiencia en sala:
«In a cinema, where the lights go down, and eventually you share the pulse with some other people. That’s magic! Cinema should be seen in cinemas.»
Casi na’. Que yo le entiendo: Desde hace unos meses, estamos todos locos con la noticia de que Netflix compra Warner (que si es monopolio, que si es guay por la accesibilidad, etc). Hay opiniones para todos los gustos, pero lo que es innegable es que el panorama está cambiando, y mucho. En las calles de internet se comentaba que en principio, la ventana de estrenos para sus películas sería 15 días, pero esta misma semana han anunciado oficialmente que sería más cerca de los 45 días porque “quieren ganar en taquilla”. Tanto como en casa, supongo. Y creo que ahí está la clave.
Los datos parecen contar otra historia. En 2025, la asistencia a salas de cine en España cayó hasta los 65 millones de espectadores, alrededor de un 8 % menos que en 2024. El dato macro es que menos gente va al cine.
¿Y el micro? Pues ahí voy: Yo creo que la cosa es que ya no vamos al cine porque sí. Vamos cuando hay algo por lo que merece salir de casa y apagar el móvil, para sentarnos en una sala con el aire a tope, rodeados de gente que no conocemos, a reirnos o llorar, todos a la vez. El cine vuelve a estar atado a los eventos y al corazón, sea Barbenheimer o el reestreno de la película que tus padres vieron en su primera cita.

Hay un riesgo en idealizar el pasado, y que te gusten las películas o la estética de los 50 no significa que tengas que compartir esa moral. Pero buscar lo físico, buscar la experiencia compartida y el “pulso” de una sala de cine como lo llamaba Skarsgård, no significa querer volver al 1986 de Dentro del laberinto: Es más querer escapar de la cultura de la inmediatez, de lo volátil de una emisión por streaming, de la soledad del sofá y el sonido justito de la tele. Aunque también querer volver a conectar con esa infancia enfrente del VHS, seguramente.
Después de muchos años en los que la taquilla parecía invadida casi exclusivamente por capas, remakes y refritos; volvemos a tener unos añitos de cine muy interesante. Que no quita que hayan pelis de supers muy buenas, ojo. Pero en la variedad está el gusto: En 2025 hemos tenido películas como Pecadores, Una batalla tras otra, Bugonia, Weapons… Y, a la vez, la enésima adaptación de Frankenstein (buenísima), un Superman que de alguna forma se siente nuevo y clásico a la vez, 28 años después como secuela legado casi perfecta, y el capítulo final de Misión Imposible demostrando que a veces solo hace falta molar.
No sé, me parece bonito que puedan coexistir. Me parece muy guay poder salir de ver Toro Salvaje (Cines Lys, 25 de Febrero a las 19:30h si os interesa) y entrar a ver Marty Supreme. Me parece muy guay que en un mundo a ritmo de locos, que prioriza la individualidad sobre todas las cosas y que nos vende el no hacer comunidad como autocuidado, seguimos sintiendo que mola sentarnos a oscuras con desconocidos para compartir durante dos horas el mismo “pulso”.
E igual por eso, aunque nos digan que el cine está muriendo, seguimos llenando tres salas para ver a David Bowie en mallas, cuarenta años después.






