Backrooms, antes de película y corto en youtube, fue un fenómeno en internet. Llevamos las suficientes décadas como para que no nos sorprenda que lo que se convierte en algo viral en redes evolucione y mute a más lugares. El resultado no es siempre positivo y suele abrir aún más la brecha entre los nativos digitales y las generaciones anteriores. Internet es este segundo mundo en el que el tiempo pasa distinto y, cuando parece que hay algo popular, ya ha dejado serlo. Parece imposible que algo pueda perdurar con lo fácil que resulta borrar y sustituir en la red.
Si algo ha unido desde siempre a la gente en redes son las historias de terror. Ya no nos sentamos a contar historias de terror, ponemos un post en Reddit, en 4chan o en la red que toque. Esto lleva a que la muerte del autor ocurra de una manera inmediata porque, después de leerla, queremos aportar a ella. Ahí está Slenderman. Su creador Eric Knudsen ha sido reconocido desde 2009, pero la mayoría nos acercamos a este mito gracias al juego hecho en Unity de Mark J. Hadley en 2012. Después llegaría la película de Sylvain White en 2018 convirtiendo un mito que nos cautivó en una película genérica y olvidable. También están las de Five Nights at Freddy’s con un alto éxito en taquilla, pero con una conclusión clara de ser malas películas hechas para fans. ¿Qué distingue a Backrooms para esquivar estos problemas?

Además de que aquellos intentos fueron suficiente intento y error, la manera de originar este proyecto ha sido muy distinta. Partiendo de que han cogido al chaval que popularizó las Backrooms y le han dado carta blanca. No para que replique lo que hizo en youtube con Blender, si no que expanda. Kane Parsons en esta película no es un consultor, o nombre acreditado, es la mente pensante que decide junto a su equipo cada cosa, cada esquina, cada nueva habitación.
Backrooms triunfa sencillamente porque es terror. No es un experimento desde fuera por unos ejecutivos para atraer a todo el público posible, o una parida sin ningún tipo de visión para dorarle la píldora a su fandom. Esta es otra cinta del género con el sello de A24. Parsons continua lo que estaba construyendo en sus cortos y, además, construye la atmósfera de la película de cara a quien todavía no conozca las Backrooms para que se vaya con una impresión completa de ella.
El atractivo de este terror es de dónde nace, de cómo nace. En el siglo XXI ya no tenemos miedo a los vampiros, a los zombies o a las brujas, ahora tenemos miedo a lo conocido. Muchas de estas zonas parecen oficinas abandonadas. Esos pasillos infinitos, esas luces, ese eterno laberinto que nos arrebata del mundo real, tiene mucho que ver con el trabajo asalariado. Invitan a querer indagar, ver si existen puertas, si hay otras salidas, si de alguna manera hay más como nosotros recorriendo ese mundo. Un miedo muy capitalista. Como un cementerio de elefantes para los espacios que nos hemos autoimpuesto recorrer hasta jubilarnos.

Por eso la ambientación de la película se centra en los años noventa y el foco en lo analógico. Tu ves las salas de los Backrooms y tienen un sentimiento añejo. Resultan igual de inquietantes como nostálgicas, pero, ¿qué nostalgia puede sentir Kane Parsons de un pasado que por su corta edad ni llegó a experimentar? Las cámaras digitales antiguas, sean de foto o de video, nos acercan al siglo que dejamos atrás. El found footage siempre se siente como muy real, porque transmiten la realidad como recuerdos. Cuánto peor se ve, más cercano se siente, más entras en el trapo, porque no sabes ni lo que hay, pero sí el cómo se siente. Hemos asociado la calidad y claridad de las imágenes al mundo real, a algo mucho más aburrido y mundano. Esto es más divertido y más terrorífico, también porque nos hemos autoengañado para creerlo.
Esa es una de las tesis de Backrooms como película: la mente. La forma en la que percibimos nuestra realidad y la de los demás, para construir algo. Me ha encantado como cada incursión de la película a este mundo se siente completamente distinto. Cómo está grabado, cómo se posiciona la cámara y la lente, porque por más tiempo que estés allí, sigues sin ser capaz de entenderlo. Otro gran acierto es el silencio. Es un recurso que reina en una buena parte del film. Nuestro instinto de supervivencia parece que nos hace imposible gritar o hablar alto en las Backrooms. Hay una sensación de vigilancia que parece que en cualquier momento vas a pisar en falso si no estás en silencio.

Era un trabajo muy complicado crear personajes para un proyecto así. Más que nada porque viendo de dónde veníamos tanto en cortos como en juegos, lo más parecido al concepto de personaje era pura carnaza para ser atrapados o asesinados dentro de estas salas. Una película no puede sustentarse solo en eso, aunque el terror no es asiduo a este tipo de arquetipos necesitamos algo más. Backrooms lo logra a medias, porque para mi gusto cae demasiado en los tópicos del terror elevado (parecido en cierta medida al caso de La Momia de Lee Cronin) y es en lo que más se le ven las costuras como debut.
Lo bueno es que tiene dos grandes actores para hacer frente a una construcción de personajes excesivamente simple. Es un trabajo muy interesante para ellos, porque ambos son actores muy marcados por diálogos y conversaciones en sus películas. Sus caras, la manera de posicionarse en cada sala o cómo marcan el paso. Tanto Chiwetel Ejiofor como Renate Reinve son unos fantásticos deambuladores de las Backrooms.
Estuve muy atento a la reacción general de mi sala mientras veía el preestreno de Backrooms en el Terrorificamente Lys. Unos espectadores, completamente aterrados por la propuesta, pero, sobre todo intrigados. Es fantástico ver a todo el mundo con el mismo pánico, pero la necesidad de querer saber más.
Este mundo paralelo desafía toda lógica e igualmente hay algo que nos pide el querer mapearlo, encontrarle un sentido. ¿Es culpa nuestra? ¿O esto ya existía antes siquiera que nosotros mismos? ¿Sientes estas paredes? Todas estas dudas continúan con nuestro pánico existencialista. No encontramos justificaciones a nuestra existencia, solo continuamos sumando y sumando preguntas que nos hacen cada vez más diminutos frente a nuestro alrededor. En el mundo real creamos internet con la intención de una mayor conectividad entre nosotros. Quizás en el mundo digital creamos las backrooms con la intención de tener un espacio en el que desaparecer.







