La Bola Negra, al igual que cada estreno de una producción de los Javis desde que se hicieron un nombre entre la ya icónica gala de OT 2017, La Llamada y Paquita Salas, se ha convertido en un evento. Si ellos dirigen algo o siquiera lo producen, es una señal de que se viene algo importante. Veneno y La Mesías son series de las que todavía muches de nosotres no nos hemos conseguido recuperar.
Llevamos escuchando hablar de La Bola Negra desde su anuncio. Lo que partía desde un primer momento como el proyecto más ambicioso de los Javis superaba incluso el desafío que fue La Mesías. Ahora en un formato en el que no están tan cómodos: una película, pero no una cualquiera, se meten de lleno en algo tan español y tan difícil como es el legado de Federico García Lorca. Presupuesto “ilimitado” gracias a las arcas de Movistar y una producción apadrinada por los hermanos Almodóvar. Estamos ante un blockbuster español. Con todas las letras.

Esto nos lleva a Cannes de este 2026, donde La Bola Negra arrasa como una apisonadora y se nos dice desde el sureste francés que esta es, quizás, la película más ambiciosa en lo que llevamos de década de cine español. No se habla de ella en voz baja: se grita y se aplaude que tenemos que ir a ver el debut actoral de Guitarricadelafuente. Ya para coronar y construir el hype desmedido que ha tenido esta cinta, nos regalan el que es quizás uno de los mejores tráilers que un servidor ha podido presenciar jamás. Encima aparece en el momento perfecto: verano. Un verano en que la gente se ha pasado de sala en sala entre Backrooms, Obsesión, Spider-Man y La Odisea. Si ya cada estreno español importante tiene un buen trabajo de marketing, este es distinto, este es superior. Porque con La Bola Negra no existía la curiosidad: sus innumerables premios y su reinvención de la leyenda del tiempo nos obligaban a tener que verla.
Todo lo que rodea a la cinta de los Javis es grandilocuente. Esta parece una palabra que nos aterra a los españoles. Existe un estigma dentro de la mente colectiva nacional de que nuestro arte no vale. Al menos en lo referente a nuestro arte más reciente, el que ocupa los últimos 100 años. Porque de Cervantes podemos hablar, o de Valle-Inclán, o de Goya (Nolan le referencia constantemente en La Odisea), pero no de la España moderna. Porque la España moderna se mira desde arriba y esto es, por supuesto, culpa del alzamiento franquista. Este estigma que comento ha ido desapareciendo con el paso de las generaciones y la transición al siglo XXI, pero sus huellas todavía marcan nuestro desdén por nuestra cultura.
Porque cuando hablamos de cine y televisión española, ¿a cuánta gente le viene antes a la cabeza cualquier película de Torrente o las 200 temporadas de La que se avecina antes que El espíritu de la colmena o La Mesías? Los españoles somos burdos, somos catetos, somos sencillos, somos pueriles, una panda de iletrados. No se puede tener ningún tipo de orgullo de ser español. Esta es una de las armas más poderosas del fascismo español, ya que en honor a su “bando” intentan borrar la historia de lo que somos y solo sacar a la luz lo que hemos sido. El orgullo español solo puede nacer de los toros, de la colonización, de nuestras fuerzas militares a lo largo del tiempo, de nuestros deportistas de élite. En una conclusión algo simple, pero útil para mi argumento: el español solo es orgulloso cuando puede ser violento. Si encima a esto le sumamos que nuestra imagen frente al resto de Europa es un tanto complicada y que, con el abuso constante del turismo, solo va a más: somos violentos, pero también somos unos camareros magníficos.
La Bola Negra señala una verdad inequívoca en este país, una que parece continuar molestando. Sí, todo nos devuelve a la Guerra Civil; sí, todo nos devuelve a la dictadura de Franco. No es que no podamos superarla, es que no hay zona en este país en la que a 50 kilómetros a la redonda no haya una fosa común. La España moderna es una en la que el asfalto y la vegetación que vemos cada día conviven con los restos de tantas personas que nunca pudieron volver con sus familias. No podemos dar por sentado lo que tenemos, porque no podemos olvidar todo lo que se ha sufrido para poder llegar a donde estamos.

¿Entonces, con las atrocidades que existen debajo de nosotros, se puede estar orgulloso de ser español? Para poder contestar a esta pregunta, primero se me tienen que olvidar todas las palabras y volver a aprender a utilizarlas.
No importa qué tan buena o no te parezca La Bola Negra, si crees que peca de ambición o si esta te resulta artificial: esto es una victoria por parte de los Javis para demostrar que nuestra cultura va mucho más allá. Nuestro cine tan criticado desde dentro, tan menospreciado, es ahora la película del año. Un 2026 enmarcado por La Odisea de Christopher Nolan ha cambiado de paradigma gracias a unos maricones y su determinación por expresarse de la forma más bella que hemos sido capaces de encontrar los seres humanos: el arte.
La Bola Negra es una celebración. Solo tienes que ver su reparto. Guitarricadelafuente, Teo Lucadamo o el Bugg mostrando la actualidad musical. Penélope Cruz como ese faro de realidad que está ya consagrada no solo como una gran actriz, sino como una estrella internacional. Lola Dueñas, en su contraposición como chica Almodóvar, lleva demostrando qué tipo de talento tienen nuestras actrices. Miguel Bernadeau, que empezaría como otro tío guapo en Élite y derivados, demuestra que no es solo una cara bonita, sino un actor como Dios manda. Los cameos de Alana S. Portero y Judeline. O la presencia de Yenesi, uniendo así la profesionalidad y el mamarracheo que tanto nos gusta en España.

Quizá ese es uno de los mayores atractivos de los Javis: su capacidad de saber manejar temas tan difíciles y complejos mientras te cuelan una canción de Nena Daconte. Son los herederos claros de Pedro Almodóvar, pero es importante distinguir que, aunque hablemos siempre de cine queer, no es solo un relevo generacional: es el siguiente paso. Es la construcción hacia lo inevitable, macerar durante tanto tiempo un tipo de receta que solo puede continuar mejorando.
La Bola Negra decide hacer un movimiento muy arriesgado: completar o al menos expandir una obra incompleta de forma póstuma. Este país tiene una obsesión con Lorca que parece haberse convertido en un evento canónico de todo artista o intento de ello: Camarón de la Isla, Los Planetas, Dellafuente, Amaia, Bigas Luna, Carlos Saura, Yung Beef, Rosalía, C. Tangana… Mismamente yo he sufrido este hechizo los últimos años, acercándome y profundizando en su figura fuera de lo que me enseñaron en clase de Castellano en el instituto. Tenemos muchos poetas como Rafael Alberti o Antonio Machado. Vaya, dentro de la Comunidad Valenciana tenemos a su otro coetáneo, Miguel Hernández, ¿pero por qué Federico? Porque le mataron.
Hay una deuda con este maricón granaíno. Su duende no solo debe ser estudiado, recordado o leído: todo el que se precie alguna vez, que necesite expresar quién es o qué siente o padece, debe encontrar su propio duende para continuar. Por eso vamos a su obra inacabada, una explícitamente queer, que de no ser por la Guerra Civil española se habría finalizado. ¿Habría sido tan icónica como Bodas de sangre o La casa de Bernarda Alba? No tengo ni idea, pero sí sabemos que se habría publicado y es ahí donde llegan los Javis. La Bola Negra es inevitable, La Bola Negra debe existir. Puedes intentar censurar al artista, puedes matarlo, quemar sus tierras, pero un hombre solo muere cuando es olvidado y un artista alcanza la inmortalidad en el preciso instante en que decide crear por primera vez.

La Bola Negra no podría haberse intentado recrear en otro formato que no fuera el cinematográfico. Cada vez que la estructura decide saltar a los segmentos protagonizados por Milo Quifes consigue unir la poesía y el teatro con un estilo pictórico al elegir dónde poner la cámara. O, por ejemplo, con el uso del fantasma ensangrentado de San Sebastián a lo largo de toda la cinta: tenemos la manera definitiva de contar esta historia. O como no, cuando la nieve ha caído al completo cuando ya no queda nada más que decir.
Porque la película no va de Lorca, como bien han dejado ver Ambrossi y Calvo en numerosas entrevistas, pero sí que trata de las consecuencias del mismo. Porque quizás no se entiende ser gay en este país, amar, arrepentirte o tener una relación compleja con tu madre sin el artífice de La Barraca.
La metaficción es quizás uno de los trabajos más arriesgados a los que te puedes enfrentar como artista. Porque si patinas, puedes caer en el ridículo más absoluto o en el cinismo más barato, véase el Deadpool de Ryan Reynolds; pero cuando vas más allá y no solo vuelas cerca del sol, sino que lo rodeas, entonces tienes uno de los mayores estudios de sinceridad humana que hayan existido.

Ahí tenemos la trama del presente de La Bola Negra. Quizás la más sencilla desde fuera, pero con un interior desgarrador. Partimos con lo «más leve»: el personaje de Glenn Close, una versión ficticia de Ian Gibson señalando otro de nuestros pecados como sociedad española: nuestros mayores hispanistas contemporáneos son muchas veces de fuera de aquí. Esto de base no tendría nada de malo si no pareciera que a un irlandés le resulta mucho más importante que hubiera un poeta nuestro en Nueva York que a nosotros mismos.
Carlos González y Lola Dueñas tienen un constante duelo interpretativo en este segmento. La representación de la España de nuestros días. No hay familia sin trauma generacional, no hay familia en este país sin secretos y, aunque esto sea en mayor o menor medida, todos hemos vivido algo parecido a lo que vive el personaje de Alberto. Esa revelación de algo que no solo desconocías, sino que además se te había ocultado. Porque pareciera que el español, antes de ser orgulloso, prefiere estar avergonzado. Manipular la realidad, porque no es bueno ni de puertas para fuera ni de puertas para dentro. Las casas y pisos españoles están impregnados de recuerdos a los que siempre se les puede otorgar otra vuelta de tuerca.
Me ha costado mucho llegar a hablar del último segmento que nos concierne: la tragedia de Sebastián y Rafael. Quizás porque es la más sencilla de analizar, pero para mí su atractivo no viene de lo que consigue adaptando la obra de Conejero. Para mí este segmento triunfa porque me parece un más que bello homenaje a todos los cineastas españoles que en el pasado han querido hablar sobre la Guerra Civil española y o bien se les ha negado, se les ha censurado, o al conseguirlo se les ha señalado por querer alborotar el avispero porque es un «tema sensible». Vaya, si dependiera de cierta gente, el cine español solo iría de fútbol o de comedias sobre odiar a tus hijos, porque todo tema es sensible. Hay mucho de ¡Ay, Carmela!, de Carlos Saura, aquí. El cine español por fin se permite hablar de sí mismo.
También me encanta la mezcla de contrastes con la que decide construir cada escena que pasamos con los militares. La convivencia, el costumbrismo, el aburrimiento, las burlas al enemigo, la falta de humanidad con los cadáveres o el trato a las mujeres. Un ecosistema de violencia suministrado por cabos y sargentos que pondrán rifles en las manos de reclutas que hasta hace nada estaban sujetando el cuerpo inerte de sus seres queridos.

No se puede entender la narrativa queer sin la tragedia, porque todo parte de un contexto. Ojalá el mundo que nos ha tocado fuera más sencillo y, al igual que el mercado heterosexual tiene tantas y tantas romcoms disfrutonas, lo pudiéramos tener nosotres; pero nunca es tan fácil. Sin contexto no somos nada y, cuando partimos de que la discriminación nunca se ha convertido en un mito, tenemos que hablar de todo lo que no se ha hablado. De aquello que no se pudo cumplir, de aquello que quedó a medias, de esa vida que pudo ser y nunca fue.
Creo que ya he recuperado todas las palabras que alguna vez me habían hecho olvidar, creo que ya puedo responder sin miedo a la tesis general de este texto ahora que sabéis qué opino de La Bola Negra:
Cuando los Javis ganen a mejor película y mejores directores en la gala de los Óscars del próximo año, la visión sobre el cine español cambiará mucho. Mucho más dentro que fuera y, aun así, tendremos gente rajando de que no es para tanto porque es una película española. Debemos estar orgullosos ahora, no de aquí a unos meses. Deberíamos estar orgullosos de lo que somos capaces de hacer y de lo que hemos sido. Esta es la oportunidad de eliminar nuestro estigma. España tiene grandes cineastas, grandes guionistas, muy buenos actores y actrices, equipos de producción kilométricos, artistas 3D, dibujantes de cómics, desarrolladores de videojuegos, dramaturgos, músicos, traductores, fotógrafas, escritores… Los últimos 100 años de este país no los puede marcar solo la figura de Franco y el fútbol; me niego a ello, este deseo mío, esta vanidad debe cumplirse. No me verán gritar “¡Arriba España!”, porque no necesito un grito vacío para, dentro de todo, estar orgulloso de vivir donde vivo. Que nuestros más de 2000 años de historia no nos conviertan en una reliquia del pasado: reconstruyamos nuestro velero como Teseo para navegar por la leyenda del tiempo…
Tú nunca entenderás lo que te quiero
porque duermes en mí y estás dormido.
Yo te oculto llorando, perseguido
por una voz de penetrante acero.
Norma que agita igual carne y lucero
traspasa ya mi pecho dolorido
y las turbias palabras han mordido
las alas de tu espíritu severo.
Grupo de gente salta en los jardines
esperando tu cuerpo y mi agonía
en caballos de luz y verdes crines.
Pero sigue durmiendo, vida mía.
¡Oye mi sangre rota en los violines!
¡Mira que nos acechan todavía!






